Un Ave María para que todos seamos uno

0
32

La experiencia de una familia colombiana, de Familias Nuevas de los Focolares. La incertidumbre por la salud de una de sus tres hijas, la fe vivida como familia y la fuerza de la oración de la gran familia de la Obra de María en el mundo.

“Un día, nuestra hija sufrió una repentina crisis que nos llevó de urgencia a la clínica, con un cuadro muy complejo que la mantuvo por cerca de dos meses hospitalizada, inconsciente, inmovilizada y a nosotros con miles de dudas respecto de su futuro. Comunicamos enseguida a nuestra familia y a toda la familia del Movimiento en el mundo, sobre su delicado estado de salud y las incertidumbres por las que pasábamos. La respuesta nos dejó sin palabras: experimentamos como si el paraíso hubiese entrado en nuestra casa, el inmenso amor de Dios por nosotros y la potencia de la oración.

Fuimos desbordados por el amor de la gran familia del Movimiento: disponibilidad de tiempo, acompañamiento, pañales, recursos, mensajes, llamadas, oraciones, videos, audios… Todo ello nos dio la fuerza para permanecer, como María, al pie de la cruz, con la fe en el amor de Dios, viviendo cada momento presente con intensidad, con Jesús Abandonado muy cerca de nosotros.

¡“Digamos un Ave María para que todos seamos Uno”! era lo que nos pedía nuestra hija Juanita cuando estaba aún consciente y fue lo que le pedimos a cuantos nos preguntaban por su salud. Desde muchos rincones del mundo “Un Ave María por Juanita” fue la oración que nos acompañó las 24 horas del día.

Pasaron muchos días y, cuando centrábamos nuestra esperanza en un tratamiento finalmente autorizado por la EPS, Juanita entró en aislamiento a la UCI por Covid y -al mismo tiempo- también nosotros en casa. Eso nos impidió poder verla por más de 15 días. Sólo sabíamos cuanto los médicos nos comunicaban por celular. El hallazgo de una masa tumoral de grandes dimensiones y la oportuna intervención quirúrgica, nos iban dando señales de un diagnóstico más cierto.

Superado el aislamiento, se pudo iniciar el tratamiento, aunque no había certezas, sólo posibilidades de su efectividad. Sin embargo, después de algunas sesiones, Juanita empezó lentamente a regresar. ¡Qué alegría! Palabras como: “tengo sed”, “tengo frío”, “quiero comer”, nos parecía como escuchar a Jesús desde la cruz, pero con la alegría de saber que eran los primeros signos de su recuperación que, desde aquel momento no se han detenido. Cuando pensábamos que ya habíamos superado todo, nos llegó la noticia del resultado del estudio patológico, que confirmó la necesidad de iniciar un nuevo tratamiento por quimioterapia. Aceptamos esta nueva voluntad de Dios que acogimos y estamos viviendo profundamente con Jesús en medio nuestro como familia. Juanita nos da fuerzas manteniendo siempre una alegría contagiosa.

Experimentamos la cercanía y la unidad de muchos, también de otros movimientos y de las universidades donde estudiamos y trabajamos. El Movimiento y enteras comunidades religiosas nos han hecho experimentar la fraternidad universal como estilo de vida.

Hemos asistido al milagro de la vida, la potencia de la oración juntos, la providencia que siempre nos acompaña y, sobre todo, el saber que el testamento de Jesús, “que todos sean Uno”, es posible vivirlo y experimentarlo como paradigma de una gran familia universal.

Agradecemos a cada uno por seguir compartiendo con nosotros esta experiencia que nos marca profundamente y nos hace uno como familia”.

Por Cris y Alberto – Colombia

Editado por Gustavo E. Clariá

Dar Todo

Mi nombre es Alejandro Gámez, venezolano y soy médico cirujano. Actualmente estoy haciendo la especialidad en otorrinolaringología, que trata las patologías de la audición, nariz, garganta y todo lo que tiene que ver con las vías respiratorias superiores. Trabajo en el Hospital Militar de Caracas Dr. Carlos Arvelo, de lunes a viernes, desde las 7:00 a. m. hasta las 5:30 p. m, donde acuden personas de muy bajos recursos con la intención de ser atendidos y aliviar un poco sus patologías médicas.

A través de la consulta he podido experimentar la generosidad y nobleza del pueblo, de los más pobres, de los marginados. Los pacientes son agradecidos, y te dan literalmente “su todo”.

Estas experiencias cotidianas me hacen recordar la ofrenda de la viuda pobre del evangelio: “(…) Muchos ricos echaban mucho dinero.  En esto llegó una viuda pobre, y echó en uno de los cofres dos moneditas de cobre, de muy poco valor. Entonces Jesús llamó a sus discípulos, y les dijo:” Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir “.

He podido constatar que la gente que más dona es la gente que menos tiene. Cada día me llegan con un presente:  café, frutas de la temporada, unos pastelitos, un pedazo de pan, un chocolate, alimentos, insumos que ellos mismos estarían necesitando, sin embargo, comparten con total desapego y como forma de agradecimiento. Y con esto, experimento cuán cierto es el Evangelio.

Artículo anteriorDeclaración de amor
Artículo siguienteEn peligro la salud de los menores

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí